Cultura

Fito Páez, por Beatriz Paredes

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Ciudad de México. (Redacción).-  Varias personas saben que soy apasionada de la música. Por ello, no obstante la intensidad de mis actividades, siempre procuro escuchar música, y, si hay presentaciones artísticas relevantes trato de asistir. Fito Paez se presentó en el Auditorio Nacional, el pasado 6 de noviembre; el Auditorio estaba copado, básicamente por jóvenes, hombres y mujeres jóvenes –algunos jovencísimos entusiasmados por el artista argentino. Confieso que yo asistí seducida por dos melodías del canta-autor que me conmueven de tiempo atrás: “Vengo a ofrecer mi corazón”, y un “Vestido y un Amor”. Amante que soy de la música latinoamericana de protesta, y de esa voz de madera oscura y sonoridad de barro retumbón de la Señora Mercedes Sosa que las cantó excepcionalmente, tenía un enorme deseo de escuchar personalmente a su autor.

Desde luego, conocía de la calidad de rockero de Fito Páez, y la importancia del Rock argentino no escapa a quienes han estado atentos desde hace décadas a ese género musical. Sin embargo, deseo subrayar el extraordinario acontecimiento sociológico que viví en ese par de horas que acompañé, observando, a los miles de jóvenes, conmovidos y exaltados por la calidad innegable del gran músico, por la fuerza del rock que los llevó a estar de pie en todo el concierto, bailando, brincando, moviéndose, pero sobre todo, sacudidos por las letras, composiciones profundas y complejas, que cantaron a coro, intensa y emocionadamente, los asistentes al espectáculo.

La historiografía de la juventud urbana, del desencanto, y pese a todo, la esperanza; la complejidad de la rima, el dominio de los temas que angustian a los jóvenes de esta latitud, independientemente de su nacionalidad; el proyectar una franja de identidad y comprensión de las generaciones actuales, con un discurso musical profundo, no insulso ni consumista, no manipulador, sino auténtico y honrado, incluso en la contradicción.

Sostengo la convicción de que los verdaderos artistas, de que el arte, logra develar el alma colectiva, y hay momentos históricos en los que el discurso de los artistas refleja con mayor nitidez los estados de ánimo de la colectividad o de un grupo social determinado. Pasó muy claramente con el cine de los países de Europa del Este, que proyectaba la tensión de las sociedades bajo el Régimen socialista –recordar el genio de Wadja mientras la historia oficial quedaba en la superficie de lo que convenía creer.

Escuchar a Fito Paez y observar como mujeres y hombres jóvenes se prendían con la narrativa de su rock urbano, latinoamericano, como la comunidad latinoamericana de las megalópolis del Continente-Región tiene sentimientos y vibraciones similares, fue una bocanada de aire fresco, ante tanta simplificación acrítica, tanto oportunismo clientelar, tanto discurso vacío, con el que tienen que convivir –o simplemente, lo ignoren y rechazan los jóvenes mexicanos.

No es un tema menor, por el contrario, es un tema mayor, quizá el más relevante: ¿cómo lograr comunicación con las generaciones actuales, sin rollos ni manipulaciones; sin ofertas clientelares para “comprar” su adhesión, sin escarnio condenatorio por sus supuestos vínculos con los delincuentes; sin espejismos de éxito fácil si te vuelves el “más palacio de los palacios”; la incapacidad de que el discurso político toque a los jóvenes, y que la percepción de la realidad que tienen los jóvenes sea comprendida por los políticos y se genere algún compromiso? Creo que es uno de los asuntos cruciales de nuestro tiempo.

Gracias, artista. Vale la pena que a pesar de la oscuridad de los tiempos, por su inspiración se pueda recordar: “Quién dijo que todo está perdido, yo, vengo a ofrecer mi corazón”.

redaccion

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