ColumnistasLic. Juan Antonio Nemi Dib

NECESIDADES

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Cosas Pequeñas

Juan Antonio Nemi Dib

Anticipo mi disculpa por este tópico, pero es necesario abordarlo, aunque huela mal, aunque se  me acuse de escatológico. Dice la Academia que se trata de ‘suciedades’. Y precisa un poco: las define como inmundicias, porquerías. ¿Por qué suciedades, inmundicias, porquerías? Bien mirado, sin excepción, todos los seres vivos expulsamos residuos metabólicos; lo único que nos libera de excretar es la muerte y eso, sólo después de la “última exhalación”. Consecuentemente, aunque apesten, las defecaciones son un acto vital. No se puede vivir sin evacuar, que es la consecuencia lógica, irreductible, de que no se pueda vivir sin comer. Queda claro que el acto defecatorio es, lisa y llanamente, una necesidad. Y también que, al igual que la muerte, la defecación es liberadora en más de un sentido.

Por eso resultan extraños, por opuestos, los sentidos que los académicos atribuyen a la escatología. De hecho, es apropiado asumir la existencia de dos escatologías: una vital, nutritiva –aunque a muchos les produzca asco— y otra finalista, postrera, que tiene que ver con precisamente con morir.

Salvo excepciones contadísimas, los alimentos suelen ser gratos a la vista y al olfato. Parece que la buena apariencia es condición útil para ingerirlos regularmente y no como algo excepcional; habría que tener condiciones biológicas muy diferenciadas, como las de los escarabajos coprófagos, para irse por ése otro camino que por ahora, en la sociedad de la abundancia, parece rechazado por la mayoría. Ya veremos en el futuro de escasez. De cualquier modo, “¡Come caca!” es una voz imperativa que, dada la agresividad de la vida contemporánea ha perdido fuerza e impacto pero antaño tenía gran potencia para zaherir. Antes podía ser expresión demoledora, ofensa grandiosa, retadora, pero no más. Hoy ni eso: mande usted a alguien a yantar residuos orgánicos y seguro que ni le entenderá y menos le hará caso.

Con toda su estética, con sus aromas y texturas empeñados en ser agradables, no deja de ser pesaroso aunque inevitable que nuestros insumos de vida acaben convertidos en algo que hasta la misma Academia califica con epítetos, algo de lo que nadie quiere hablar aunque curiosa y contradictoriamente se defina con, al menos, 24 sustantivos diferentes: caca, excremento, mierda, evacuación, deyección, heces, suciedad, inmundicia, porquería, boñiga, excreta, excreción, eliminación, emisión, expulsión, detrito, cagada, hienda, humus, estiércol, boñiga, freza, zurullo, residuos; sustantivos que rápido, por cierto, pueden adjetivar.

En el norte de España este acto vital posee un poco más de dignidad: “hacer del vientre”, le llaman. No son pocos los que, atribulados por las implicaciones nominativas, prefieren llamarles –a las defecaciones— deposiciones, en contravención al sentido jurídico del término. ¿Tendrán algo qué ver las declaraciones judiciales y las degradaciones jerárquicas con las personas que se zurran, es decir, con quienes “se van del vientre involuntariamente?”.

En México el concepto presenta derivaciones e implicaciones para otros ámbitos de la vida: cagón es el imberbe que quiere un rol de vida que aún no está a su altura, un rapaz que no acaba de aprender a gobernarse solo, el que abusa del tiempo y el espacio para dejar hueco y disponible su tracto intestinal por lo que se la pasa conjugando el verbo en gerundio, el que tiene miedo y no acomete empresas difíciles. Cagada es un error mayúsculo, igual que una persona mierda es, por esencia, tacaña, falta de solidaridad, medrosa, egoísta.

Puede compararse, la orgánica, con una función industrial: se reciben materias primas, se procesan, se condensan, se reducen a su mínima expresión en el nivel más primario, el celular, y se sintetizan, “se desdoblan”, dicen los químicos. Explican que dichas substancias transmutan en energía, que son suministro sine qua non –junto con el oxigeno— sin el que nomás no habría nada de nosotros. Pero el resultado final ahí está, por lo regular hediondo y desagradable, aunque siempre presente.

El asunto también tiene que ver con magnitudes, dado que hubo, hay y habrá tantas defecaciones como seres humanos y animales tenga el planeta. A propósito, cabe un poco de aritmética: dicen los tratados de gastroenterología que todo depende del volumen de la ingesta, pero han fijado en 200 gramos diarios, más menos, la cantidad final promedio del resultado alimenticio de un individuo normal (¿quién caramba se puso a pesarla?). La última estadística de los organismos demográficos internacionales habla de 6’800 millones de habitantes en el mundo. Ello arroja la sorprendente cifra de 1,360’000 (un millón trescientas sesenta mil) toneladas de excrementos humanos esparcidos por todo el planeta ¡cada día!, es decir 496,400’000 (cuatrocientos noventa y seis millones) de toneladas de caca por año. Sorprende que no estemos cubiertos hasta la coronilla. ¿O lo estamos y no nos damos cuenta?

¿Cuánto papel y cuánta agua se necesitan para ocultar las huellas del residuo? ¿Cuántos árboles se tumban para mantener en condiciones razonables de higiene los sitios de expulsión? ¿Cuánto tiempo destinamos los seres humanos a este proceso de abandono residual?, ¿en cuánto impacta –y daña— el acto defecatorio a la vida de las naciones? ¿Cuánto espacio planetario está destinado específicamente a estas actividades, tanto el acto excretor como el destino final de lo salido? ¿Cuántas personas lo hacen al aire libre y diseminan partículas que se suspenden en la atmósfera para alergia e infección de muchos? ¿En qué pensaba Andy Warhol cuando la enlató y se puso a venderla? ¿Podrá alguien descubrir un uso efectivo y rentable del más verdadero y esencial producto humano? ¿Habrá conciencia de que es contaminante y muy infecciosa pero inevitable? Y no hablemos del tiempo (im) productivo que se invierte en defecar, así se use para la lectura de malos artículos como éste u otras “actividades complementarias”.

Es prudente (y también inevitable) encontrar una solución de fondo a este asunto de las excretas. No vaya a ser que nos reviertan la fórmula y que la substancia, convertida en eso que apesta, bordee nuestros espacios y acabe definiendo al género humano: el contenido por el continente. Resolver este asunto es otra de las necesidades primarias del género humano.

antonionemi@gmail.com

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