ColumnistasLic. Juan Antonio Nemi Dib

NEOPROFETAS

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Cosas Pequeñas
Juan Antonio Nemi Dib

Hay que desconfiar de los evangelizadores modernos, de los falsos profetas contemporáneos -y asiento ‘contemporáneos’ porque no hay duda de que falsos profetas nacieron con el hombre-; el pensamiento racional sugiere tomar al menos un poco de precauciones con los apóstoles de la felicidad (“¡Pare de sufrir!”), con los campeones del dinero fácil (“usted no es rico porque no quiere, realmente no lo desea, ¡atráigalo, piense en positivo -y compre mis libros y películas y tome mis costosos cursos!-”), con los fabricantes de equilibrio corporal mediante magnetos capaces de dar balance al cuerpo a través de una pulserita, con los mercaderes de champús crecepelo, con los promoventes del Übermensch -el súperhombre de Nietzche- y no sólo en el sentido filosófico: “alargue su pene mediante sencillos e indoloros ejercicios”, “tome esta sustancia que no es para quien no puede sino para quien quiere más”…

Más peligrosos aún son los pontificadores, poseedores de verdades absolutas que desde la cátedra, el micrófono, la pluma, el discurso militante e incluso los ministerios sacerdotales, se sienten dotados de la pureza y legitimidad necesarias para “sugerir” al mundo sus verdades y pretender que sus códigos de conducta han de primar sobre el albedrío y el derecho de los otros. Incapaces de reconocer sus propias cuitas e indiferentes frente a éstas -vigas del tamaño de puentes-, finalmente prescriben (imponen y cobran) recetas morales que también parecen mitos, cuentas de colores. Tristemente, es una práctica que también atañe a las naciones -no sólo a los individuos- que se asumen como policías del mundo y pretenden que su ética y sus valores han de imponerse al resto y más triste aún si detrás de tales intencionalidades “morales y progresistas” se esconden en realidad intereses aviesos, torcidos, lo que para desfortuna ocurre casi siempre.

Hay mucho que admiro de los Estados Unidos de América pero no dejo de preguntarme cómo allá logran conciliar el sueño, especialmente sus dirigentes políticos y financieros, después de ciento diez mil civiles inocentes (niños, jóvenes, mujeres, ancianos) muertos en Irak y, hoy, ése país de la Mesopotamia desgarrado, destruido, casi pulverizado, con 50 o 100 años de atraso respecto de como estaba antes de la invasión, irreparablemente confrontado en su interior y desintegrándose, con una diáspora de varios millones de sus ciudadanos en el extranjero, “viviendo” en la miseria, literalmente de la caridad y de la prostitución, expulsados de su propia casa, ahora teñida de sangre, siempre a punto de estallar y ahora, abandonada a su suerte. Pero eso sí… los pozos petroleros cuidaditos, acicalados y funcionando, para pagar los costos de la “pacificación” y la “reconstrucción”.

Así hizo la Unión Soviética con sus repúblicas satélites, sin que a Stalin pareciera importarle un rábano la muerte de veinte millones o más de sus soldados. Así le hicieron los comunistas soviéticos en su prolongada, fallida y costosa invasión “pacificadora y modernizadora” de Afganistán (que a la larga sería una de las razones de la disolución del régimen comunista).

Así le hace China -no menos brusca ni más tolerante- con el Tíbet y con los ocho millones de uigures a los que la alta burocracia privatizadora de la economía (que también intenta hacerlo con el pensamiento) puede impunemente aplastar como moscas y despojar de su tierra, de su lengua, de sus medios de subsistencia, mediante la complacencia/tolerancia del resto de las naciones del mundo. ¿Y por qué tendría que ser diferente si al propio Mao le tuvo sin cuidado la muerte de cientos de miles de sus propios correligionarios durante la “Larga Marcha” y millones más durante su mandato?

Así fueron los brutales expolios impuestos a África por las potencias con el discurso de “modernizar, evangelizar, sacar del atraso, llevar el desarrollo e introducir las ventajas de la civilización” y, en realidad, practicar un saqueo sin límites, una salvaje explotación de los recursos naturales, prácticas homicidas recurrentes y masivas, igual que la mutilación, la tortura y el secuestro de millones y un sistema de de explotación del trabajo que ahora Vargas Llosa describe con nitidez en “El sueño del celta”.

Es difícil aceptar que quien lleva un mensaje de paz, de aliento, y deseos de progreso y superación para quienes él supone que lo necesitan, lo haga mediante la fuerza, la imposición (algo así como “te pego/te mato/te robo porque te quiero”). Cuesta trabajo pensar que el régimen de Beijing mantenga ocupada Lasha y reprimidos a los monjes budistas como un acto de “buena fe”. ¿Quién puede afirmar que el petróleo propio y ajeno no subyace en la esencia del conflicto iraquí?, ¿acaso es un acto de caridad el andar por allí promoviendo cachos de polietileno con una pequeña calcomanía que -dicen- son la nueva panacea?

A fin de cuentas el gran problema radica en las falsas profecías (como la de “dinero fácil, aquí y ahora”), en la expectativas frustradas y, hay que decirlo, en que la decencia -modestia y dignidad, precisa el diccionario-) y los buenos propósitos andan escasos y, peor aún, en que la lógica sugiere que los ejercicios aumentadores no funcionan y el pelo nuevo no sale por ningún lado.

antonionemi@prodigy.net.mx

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