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Pasta de Conchos: una herida que aún sangra

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San Juan de Sabinas. (Redacción).-  La tragedia de Pasta Conchos en Coahuila, donde murieron 65 mineros, existe para algunos sólo el 19 de febrero, pero para los deudos es todos los días; parece que fue ayer, así lo aseguraron en el quinto aniversario luctuoso, es una herida que aún sangra.

Apenas era la media noche y cerca de seis viudas acompañadas de familiares hacían guardia en la fachada de la mina 8. Las acompañaba también una fogata, champurrado, menudo y empanadas. Dormitaron bajo una noche clara que amenazaba con helar, pero que en horas se convirtió sólo en un cosquilleo de lluvia.

Por la mañana arribaron representantes y líderes de sindicatos mineros de Coahuila, Durango, Jalisco, Colima, Nayarit, Chihuahua, Sonora y Nuevo León, entre otros. También empezaron a llegar coches con familiares de deudos, quienes seguían su camino hasta el fondo.

Pasadas las 10:00 horas, las viudas encabezaron una caminata hasta donde se había instalado el templete para ofrecer una misa, a un lado del altar de los deudos, ese que está desde hace cinco años.

Ahí albergaron la decena de coronas mortuorias, como si hicieran guardia de las 65 velas encendidas por cada uno de los fallecidos; arreglos florales de sindicatos, incluido uno con el listón del líder minero Napoleón Gómez Urrutia.

Al terminar la liturgia, seis sacerdotes que acudieron a la homilía bendijeron el altar y a los familiares de los fallecidos. Estos se acercaron al mismo a contemplar las imágenes. Con los minutos se dispersaron.

Camino sin retorno

El destino se escribe de maneras distintas. Quizá eso no lo sabía Amado Rosales Hernández, uno de los mineros fallecidos hace cinco años.

Cuando la explosión, horas antes de entrar a la mina, pidió a un familiar, según su hija Nancy Rosales, que fuera a apagar el calentón. “Ve y apágalo, no se vayan a asfixiar en la casa”, le dijo. Al final, él sería quien moriría, quizá asfixiado. “Siempre se preocupaba por nosotros y mira lo que le fue a pasar”, mencionó su hija Nancy.

Pero ahí no queda. Amado era mayordomo de la mina 8, y de acuerdo con su hija, desde semanas antes les había advertido a los jefes que era necesario polvear la zona, “pero los obligaban a bajar. Él ya se sentía mal porque había mucho gas”.

Existe algo más. Amado quería ir a visitar a una hija en Saltillo, pero no le dieron permiso y desobedeció. Terminó de tercera; jamás regresó.

“Es algo que nunca vamos a superar. Por más que se intente no se puede aprender a vivir sin él. Es triste. Mi hermana dejó de estudiar y mi mamá de a ratos se cae, pero aquí andamos”, relató la hija.

Sin sosiego para la pena

Doña Tomasita Martínez Almaguer dice que su esposo sigue en Sabinas, por eso no fue a la Ciudad de México con las otras viudas. Prefirió quedarse a preparar menudo para pasar la noche en vela, a las afueras de la mina Pasta de Conchos.

Hace cinco años, en una madrugada como la de ayer, un estruendo llenó de horror al pueblo entero. El polvo de San Juan de Sabinas sepultó a los mineros que nunca volvieron a salir, al menos físicamente, porque dice la mujer que desde aquella vez sueña a su esposo y no ha tenido tranquilidad.

Rumoran en el pueblo que volverán a abrir la mina y así por fin rescatar los cuerpos de sus familiares; al menos es lo que le han contado. Ella piensa que sólo así logrará encontrar sosiego a su dolor.

“Nosotros no estamos en paz, eso no se va olvidar; qué más quisiera uno que nos entregaran lo poquito que queda de ellos. Nunca habíamos visto que en una mina se quedaran ahí, no eran animales”, dijo con dolor.

La muerte de su esposo, Reyes Cuevas Silva, le dejó una pensión de mil 900 pesos. “No hay despensas, no hay apoyos, ni las becas del Gobernador”.

Y aunque doña Tomasita no tiene hijos pequeños, asegura que sus compañeras viudas tampoco las reciben: “Mucha gente cree que nosotras recibimos un salario, y no es así, nada más un año nos pagaron”.

Pese a todo el calvario, doña Tomasita piensa que lo mejor es volver a abrir la mina, después de todo es una fuente empleo, expresa. Tiene dos cuñados trabajando en minas, y aunque existe el temor de que se repita la tragedia, asegura que se necesita trabajar. Doña Tomasita, junto a otras seis viudas, pasará la noche en vela. Dice que las ollas de menudo ya están chillando para recibir a todos aquellos que quieran recordar a sus muertos.

redaccion

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