ColumnistasLic. Juan Antonio Nemi Dib

El Boicot

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Cosas Pequeñas
Juan Antonio Nemi Dib

La idea de administrar con relativa eficacia mis buzones de correo electrónico se ha convertido en una mera expectativa cada vez más lejana. Hace 12 años o más que utilizo el “email” como una herramienta que me permite el contacto con muchas personas, que me acerca a lo que ocurre en el mundo y que, al menos al principio, resultaba un estupendo instrumento de trabajo para el intercambio rápido de información, documentos y hasta para recabar de manera expedita la opinión de especialistas sobre asuntos urgentes.

Hoy, el número de mensajes que transitan por la red se cuenta en cientos de millones cada día y tanto la tecnología que brinca los filtros y barreras de seguridad como la mejora en la mercadotecnia electrónica hacen más difícil que uno se libre de correos indeseados. Además, es un hecho que el correo “bueno”, el deseable, también ha crecido exponencialmente dado que son muchas más las personas que lo utilizan. Y todo ello sin contar con las “cadenas de bienaventuranzas”, los textos motivacionales, los avisos de que los sistemas de chat cerrarán si uno escribe al proveedor, las alertas de nuevos virus ciertos o falsos, las notificaciones de que uno ha ganado millones en una lotería para la que no compró billete y otras lindezas que ya he descrito en entregas anteriores.

Alguien me sugirió que simplemente elimine sin leerlos los correos a cuyos remitentes no identifico, pero no puedo hacerlo porque hay ciudadanos que escriben tratando asuntos oficiales relativos a mi función en el servicio público, lo que me obliga a revisar cada mensaje que me llega aunque no identifique a quien lo envía. Además, yo mismo incordio a algunos de mis amigos a los que -quizá indebidamente- me atrevo a enviarles mis artículos semanales por mensajería electrónica y, lo menos que puedo hacer, por elemental cortesía, es leer con detenimiento -y agradecer por la misma vía- los comentarios que me amablemente me regresan respecto de mi rollos.

La posibilidad de transferir la administración de mis correos a un asistente me parece un acto de despersonalización, una suerte de petulancia y falta de respeto a quienes se toman el tiempo para escribirme; y tampoco es muy funcional porque una vez cribados los mensajes, de todos modos tendría yo que leer y responder la mayoría de ellos, con el agravante de que tomaría aún más tiempo atenderlos si les agregáramos un tramo de control -suponiendo además que el asistente tuviera el criterio para escoger qué correspondencia electrónica debo leer y cuál no. Por eso tardo mucho en leer y contestar todo el correo que me llega. Mientras se siguen acumulando y acumulando, hay algunos que se hacen viejos hasta que tengo un poco de tiempo para descubrirlos.

Pero esto viene a cuento porque en el maremagnum de emails que recibo -algunos días he superado los 350- me llegaron muchos, no menos de 20, invitando a un boicot ciudadano contra un centro comercial de Xalapa que incrementó sus tarifas de estacionamiento y que colocó maniquíes como parte de su “estrategia de seguridad”. La propuesta ciudadana era simple: no acudir a la plaza en fin de semana para propiciar que la empresa redujera sus tarifas y mejorara sus sistemas de protección. En algún momento se presumía que la página creadad ex profeso en alguna red social superaba ya los 6 mil participantes y quienes convocaban a la abstinencia consumidora -otra vez, mediante el email- daban por un éxito la respuesta de los ciudadanos a su invitación.

Estos correos -que no pude dejar de ver, por su número e insistencia- me recordaron la ocasión que, en una comida con pocos comensales, cuestioné al tlilapense Ernesto Martens, entonces secretario de energía del Gobierno Federal, pero que antaño había sido Presidente de una importante compañía aérea, por qué las tarifas aéreas entre México y Veracruz eran las más caras del país y por qué, específicamente la empresa para la que él había trabajado cobraba por la porción Xalapa-México casi lo mismo que vale un viaje a Europa o a sitios lejanos del continente. A pesar de mi imprudencia, el Secretario me contestó respetuoso que la fijación de las tarifas corresponde al mercado, que si los consumidores lo pagan y los vuelos permanecen llenos de pasajeros, la empresa no tiene razón alguna para bajar los precios, acción que -explicó- iría contra la lógica y la naturaleza de una corporación constituída para producir dividendos y no orientada al servicio social.

Yo no le quemo incienso a Adam Smith ni pretendo reivindicar a la tristemente célebre “mano invisible” que según el gran teórico de la economía liberal es la panacea pero que, a la luz de los acontecimientos ha mostrado ser un salvaje instrumento de acumulación al que, si no se regula mediante mecanismos adecuados, acaba por engullirse todo, incluso a sí mismo, pero reconozco en las palabras de Martens una profunda verdad: la fuerza está en los consumidores, cuando deciden ejercerla de manera organizada y coherente. No es un asunto de buenos y malos, de pocas o muchas utilidades para las empresas cuyos servicios utilizamos y cuyos bienes consumimos, sino de cuánto estamos dispuestos a pagar por ello. Así de simple.

La noche del sábado no resistí la tentación y me di una vuelta por el exterior del centro comercial: el estacionamiento estaba repleto -como cada fin de semana- y las colas de vehículos esperando ingresar al recinto eran notorias. Concluí que quienes visitaron la plaza no usan aún correo electrónico y no vieron la convocatoria al boicot, o bien que usan el email pero no consideran onerosa la nueva tarifa de la plaza comercial, o bien que la organización de los consumidores mexicanos es una utopía -como mi manejo puntual del correo electrónico- o bien que simplemente nos merecemos el cobro.

La Botica.- Mi familia, mis compañeros de trabajo y yo agradecemos en todo lo que valen las muestras de afecto y las atenciones de que fuimos objeto por parte de muchas personas, a propósito del accidente automovilístico que sufrimos el pasado fin de semana. Hacemos eco de la famosa frase: nosotros no chocamos… nos chocaron. Después del susto, ya Bernardo -el más lesionado de todos- fue dado de alta luego de 6 días en el hospital. Gracias a todos: médicos, paramédicos, policías, colegas de la administración, comunicadores y muchos más. Lo que sigue es darle provecho y sentido a esta nueva oportunidad para vivir.

antonionemi@gmail.com

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