Internacional

Una historia italiana la del Concordia

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Ciudad de México. (Redacción).-  En el pasado Festival de Cannes pasó casi desapercibida una película de Jean-Luc Godard, Film Socialisme cuya trama transcurría en una nave sin rumbo, que navega en medio de la noche oscura y donde los pasajeros fingen divertirse.

El director de culto francés quiso presentar al espectador (sin mucho éxito) una metáfora de la crisis y el viaje a ninguna parte en el que está inmersa Europa.

¿Han adivinado ya en qué barco se rodó? Así es, en el Concordia. Fellini habría quedado impresionado con esta coincidencia; o peor, habrá sentido escalofríos al recordar su película premonitoria E la nave va, otra metáfora de la nave en la que viaja Europa y se hunde con toda su magnífica decadencia en el mar Mediterráneo.

Pero no es el hundimiento de Europa lo que se me viene a la mente, después de casi una semana de bombardeos noticiosos sobre el naufragio del Concordia, lo que se me viene a la mente es Italia. Cuanto más que pienso en el drama que todavía se cierne cerca de la costa de la Toscana, más lo veo como una versión trágica y siniestra de otra película; y no estoy pensando en Titanic, pese a que muchos pasajeros del Concordia sin duda se identificaron con la pesadilla que vivieron el que fue el barco más grande del mundo, sino en la película Mediterráneo, comedia que narra la vida de ocho soldados italianos que acabaron en una olvidada isla griega, mientras transcurría la Segunda Guerra Mundial.

El oscarizado film está plagado de situaciones cómicas que todos reconocemos como típicamente italianas: el sargento dando órdenes a gritos a una cuadrilla de soldados indisciplinados, que cuando pueden le dan por su lado y que algunos de ellos acaban triunfando en algo que dominan como nadie, la galantería.

Regresando al naufragio del Concordia, el diálogo entre el capitán del barco, Francesco Schettino, y el comandante al mando de la Capitanía de Puerto de Livorno, Gregorio de Falco, refleja parte de esa idiosincrasia italiana, pero con toda la carga de dramatismo propia de una catástrofe en ciernes.

En apenas cuatro minutos de grabación telefónica entre ambos, podemos reconocer de inmediato rasgos de ese temperamento italiano. El comandante De Falco ordena al capitán Schettino, una y otra vez, que regrese al barco y coordine desde su interior la evacuación de los cientos de pasajeros, a los que dejó abandonados a su suerte. Por un lado, el sargento que grita e insulta a su interlocutor; por otro, el soldado que tartamudea amedrentado y miente para no cumplir la orden .

El capitán del Concordia, que horas antes de la tragedia presumía de acercarse más que nadie a las rocas, al mando del buque de pasajeros más grande de Italia, pecó de fanfarrón y cometió la mayor estupidez de su vida, que remató, además, de la manera más cobarde: saltando del barco que se hundía. En esa nefasta madrugada del sábado de la semana pasada, el italiano más odiado de Italia, el fanfarrón de los fanfarrones Silvio Berlusconi, había dejado de serlo para cederle el puesto a un pobre desgraciado capitán, el mismo que meses antes declaró a una revista que “gracias a su disciplina militar” podía controlar “cualquier situación” y prevenir “cualquier problema”.

El analista del diario La Repubblica, Francesco Merlo, profundiza precisamente en esa metáfora del barco italiano que se hunde y del papel que jugaron los dos protagonistas de esta tragedia: el comandante De Falco, elevado por sus compatriotas a la categoría de héroe, y el capitán Schettino, el más odiado de Italia.

Según Merlo, que De Falco haya sido ungido como héroe responde precisamente a esa mala costumbre del pueblo italiano de dejarse dominar por una voz autoritaria. Un pueblo, dice, que se dejó arrastrar por el Duce Mussolini, que confunde autoritarismo con liderazgo. Los italianos no se conforman con llevar al culpable ante la Justicia, hay que insultarlo, por eso se identifican con el comandante De Falco.

En el fondo, sospecha el periodista, los italianos, el comandante y los que lo han llamado héroe, temen que, en el fondo, ellos también sean como el desgraciado de Schettino, algo fanfarrón, algo vanidoso y cobarde en una situación de extremo peligro.

¿Qué habría pasado si la historia hubiese sido al revés, si De Falco hubiese sido el capitán de un crucero que se hunde con más de cuatro mil personas a bordo? ¿Qué habría pasado si Schettino hubiese sido el comandante que, desde la seguridad de su puesto de mando en tierra, diera órdenes por teléfono a De Falco? El analista italiano lo tiene claro: le gustaría pensar que De Falco habría actuado como le exigía a que Schettino que se comportara (le otorga al menos el beneficio de la duda); sin embargo, de lo que no tiene duda es de que Schettino se habría comportado igual de autoritario que De Falco. Porque la moraleja de esta triste historia, se lamenta el periodista, es que los italianos en su interior son como Schettino, aunque tratarán de parecerse a De Falco.

Fuente: La Crónica

redaccion

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