ColumnistasLic. Emilio M. Gómez

La pobreza que mata…

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Pensamiento Compartido
Emilio M. Gómez

La desigual distribución de la riqueza en nuestro País, ha traído como consecuencia un abismo entre los que lo tienen todo, y los que a duras penas tienen lo necesario, y a veces ni eso para vivir.

Según cifras del Banco Mundial, manifiesta que las desigualdades sociales en México son todavía más sensibles en los últimos años, ya que la distribución de la riqueza nacional es inequitativa, toda vez que al 10 por ciento más pobre de los mexicanos les correspondía el 1.2 por ciento del ingreso nacional total; en el otro extremo, el 10 por ciento más rico de la
población concentraba a finales de la década pasada, el 41.3 por ciento de la renta nacional total.

Desde otra perspectiva, el 20 por ciento más rico de la población concentraba el 56.4 por ciento de la renta nacional total, en tanto que el 43.6 por ciento restante se
repartía de la siguiente manera: 3.8 por ciento le correspondía al 20 por ciento más pobre de la población, 8.1 por ciento al segundo 20 por ciento, 12.4 por ciento al tercer 20 por ciento y, finalmente, 19.3 por ciento al cuarto 20 por ciento de la población

La metodología del Gobierno para medir la pobreza en México identifica tres tipos, de acuerdo con el nivel de ingresos, la educación, el acceso a servicios básicos y de salud, la alimentación y la vivienda de la población:

1. Pobreza alimentaria: es la población que cuenta con un ingreso per cápita insuficiente como para adquirir una alimentación mínimamente aceptable.

2. Pobreza de capacidades: es la población que si bien puede cubrir sus necesidades mínimas de alimentación, cuenta con un ingreso per cápita insuficiente como para realizar las inversiones mínimamente aceptables en la educación y la salud de cada uno de los miembros del hogar.

3. Pobreza patrimonial: es la población que si bien puede cubrir sus necesidades mínimas de alimentación, educación y salud, cuenta con un ingreso per cápita que no le es suficiente para adquirir mínimos indispensables de vivienda, vestido, calzado y transporte para cada uno de los miembros del hogar.

Y de acuerdo al Plan Nacional de Desarrollo de la administración del Presidente Calderón, los objetivos para combatir la pobreza en su Sexenio, son los siguientes:

Objetivo 1
Reducir significativamente el número de mexicanos en condiciones de pobreza con políticas públicas que superen un enfoque asistencialista, de modo que las personas puedan adquirir capacidades y generar oportunidades de trabajo.

Objetivo 2
Apoyar a la población más pobre a elevar sus ingresos y a mejorar su calidad de vida, impulsando y apoyando la generación de proyectos productivos.

Objetivo 3
Lograr un patrón territorial nacional que frene la expansión desordenada de las ciudades, provea suelo apto para el desarrollo urbano y facilite el acceso a servicios y equipamientos en comunidades tanto urbanas como rurales.

Objetivos que se quedarán como buenos deseos, ya que la realidad conocida por todos nosotros, es que la pobreza en nuestro país ha ido incrementándose cada año, y esto afecta todavía más a las comunidades indígenas, que sufren además de marginación y de carencia de apoyos y programas sociales de los tres órdenes de gobierno.

Tal es el caso de muchas comunidades de las diversas entidades, principalmente de zonas serranas, como es el caso del Estado de Chihuahua, Jalisco, México, Puebla, Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Veracruz, y muchas entidades más.

Por ese motivo amables lectores, hoy quiero compartir con ustedes la parte de un reportaje,  de un periodista mexicano, que incluso ganó un premio internacional en Chile, y que pena que el tema desarrollado fue con relación a la pobreza de un indígena de una comunidad de Jalisco, que puede ser el ejemplo de muchos mexicanos más, usted tiene la mejor opinión.

Tereso es el ejemplo
Mario Alejandro Muñoz de Loza

“El paraíso de Tereso se oscureció desde la infancia… es el ejemplo de morir en la miseria”

Desnutrición, enfermedades, extrema violencia intrafamiliar, falta de vivienda digna, carencia de servicios públicos, analfabetismo y desempleo fueron el menú diario de Tereso, indígena que falleció luego de una terrible agonía el 12 de enero de 2009 en el Hospital Civil de Guadalajara.

Desde niño, Tereso proyectaba debilidad y desolación. El majestuoso escenario de Cañón de Tlaxcala: una pequeña comunidad asentada en la delegación de Tuxpan de Bolaños, en la Zona Wixárika (huichola) de Jalisco, contrastaba con la extrema pobreza que resistió hasta la adolescencia. El “nariz de conejo”, como le apodaban sus amigos, murió a los 16 años de edad el 12 de enero de 2009. Uno menos entre los más de 44.7 millones de mexicanos en pobreza.

El paraíso interior de Tereso se oscureció desde la infancia. El alto rezago social y la violencia intrafamiliar que le impuso su padre, Felipe López González, lo dejaron al margen de derechos humanos esenciales. Su madre y cuatro hermanos se agregan a la lista de víctimas, desamparados por las autoridades. Alto grado de desnutrición, enfermedades, falta de vivienda digna, carencia de servicios públicos básicos, analfabetismo y arduos trabajos para subsistir iban incluidos en el diario vivir y son el pan de cada día para un buen número de familias en Tuxpan de Bolaños, situada a más de tres horas de viaje en camión desde la cabecera municipal de Bolaños, por una peligrosa terracería. A pie, como anda la mayoría de los más de dos mil indígenas que ahí habitan, el recorrido puede superar las 50 horas.

El joven wixárika soportó de todo hasta la muerte de su madre. Hace casi dos años la encontraron colgada de un pañuelo rojo en la rama de un árbol en Cañón de Tlaxcala. Presuntamente se decidió por la muerte, empujada por las agresiones físicas y verbales de Felipe, quien además de alcoholizarse con frecuencia se relacionaba sexualmente con otras mujeres; las obligaba a cumplirle sus placeres, amparado por los usos y costumbres de los indígenas, que impiden la intervención directa de la seguridad pública. Para Tereso, la desaparición de su madre fue determinante para dejarse vencer por las adversidades. Incluso intentó afrontar a su padre, pero sucumbió ante la diferencia de fuerzas y, a los 15 años de edad, en 2008, fue expulsado a golpes del hogar. Separarse de la familia se conjugó con la continua presencia de enfermedades. Estaba acostumbrado a pasar días sin alimento, pero la debilidad lo agobiaba y sentía quebrarse contra el viento mientras el sol le carcomía la pálida piel y los huesos en horas de
trabajo.

El cemento, la tierra o cualquier banca eran una cama de agujas que le impedía conciliar el sueño. Lo mismo sentía durante los últimos años que pasó con su familia. La colchoneta sobre la que dormía en el piso de tierra de su casa (hecha de piedra, adobe y paja), era testigo del dolor que le afectaba sobre todo en la columna y le hacía imposible descansar. Continuamente sufría de fuertes dolores de cabeza y ardía en temperatura; le costaba trabajo respirar. La falta de dinero y la lejanía de los servicios médicos le impedían recuperarse de los malestares. Vagabundeando, trabajó en la siembra y cosecha de maíz y frijol, así como en tareas de albañilería, oficios a los que desde niño dedicaba largas horas bajo el azote del sol. Con su familia tenía dos opciones: trabajar en comunidades alejadas de lo que fuera o sembrar maíz y frijol para el autoconsumo —una de las características principales de la religión wixárika es la asociación entre maíz, venado y peyote (planta cactácea cuya ingestión produce efectos
alucinógenos y narcóticos).

Su mitología hace referencia a estos elementos, así que los rituales, festividades, organización material y temporal de la vida giran alrededor de éstos. El maíz y el venado representan sustento; el peyote es el modo más importante para trascender del mundo profano, y la manifestación material más obvia de lo sagrado—.

Detonante

Tereso vagaba de aquí para allá, entre municipios de la Zona Norte de Jalisco, hasta que pagó una cuenta ajena: un par de wixaritari (forma plural de wixárika) lo golpeó salvajemente por
deudas económicas de su padre, el 27 de diciembre de 2008. Ese día se presentó lesionado en la comandancia de la Policía Municipal de Chimaltitán (población colindante con Bolaños). Juan “el huichol” era el aludido por la golpiza, junto con otro indígena que no fue identificado. “No
pudimos atrapar a los agresores —recuerda José David Ramírez Naranjo, director de Seguridad Pública—, se dieron a la fuga en la Sierra. Los indígenas son muy bravos, sobre todo cuando están alcoholizados. Dejaron muy lastimado al joven, tuvo que ir al centro de salud para su atención”.

Días después, la suerte de Tereso (quien hablaba poco español) parecía cambiar. El domingo 4 de enero de 2009, arrastrando secuelas de la golpiza, el presidente municipal de Chimaltitán, Basilio González Rodríguez, fue compasivo: “Tereso deambulaba por la noche en la plaza de la
colonia Agua Caliente; lo vi lesionado y me comentó que unos huicholes lo golpearon. Me platicó que su madre falleció y su papá lo corrió de su casa y decidí llevarlo al asilo de ancianos
del municipio para que viviera unos días allí mientras se recuperaba”.

El indígena había encontrado donde comer, dormir y protegerse del frío. El resguardo que ofrecía el alcalde le hacía recordar la efímera etapa en la primaria de Tuxpan de Bolaños.
Desertó porque tenía que trabajar para comer y ayudar económicamente a su familia.

En aquel tiempo sus compañeros le apodaron el “nariz de conejo”, por el enrojecimiento que le causaba el frío, clima imperante de la zona. Su atuendo, como el del resto de los wixaritari, era insuficiente para enfrentar los severos inviernos: un “huerruri” (pantalón largo de algodón,
decorado con diseños simbólicos tradicionales en la vuelta del pantalón, bordado en punto de cruz) y una “kamirra” o “kutuni” (camisa larga abierta a los lados y atada a la cintura con un “juayame”, que es una faja gruesa y ancha de lana o estambre).

Durante los primeros cinco días en el asilo de Chimaltitán, salía en ocasiones a trabajar en lo que fuera. Regresaba con una bebida energizante porque se sentía débil. “Se miraba decaído, siempre estaba muy callado”, recuerda Socorro Yáñez, encargada del turno matutino del
albergue.

El sábado 10 de enero no pudo levantarse de la cama. “Manifestó sentirse muy mal, por lo que personal del asilo llamó al médico municipal, quien recomendó trasladarlo al hospital (de Primer Contacto) de Colotlán (a cargo de la Secretaría de Salud Jalisco). El problema es
que ese día y al siguiente no abrió el centro de salud y no se pudo conseguir la hoja para el traslado. Estaba muy amarillo y vomitaba mucho”, precisa Socorro Yáñez.

Agonía

La espera hizo mella en la salud de Tereso. El lunes 12 de enero fue revisado nuevamente por el médico municipal, que reiteraba la urgencia de trasladarlo a Colotlán. Independientemente
de los golpes que presentaba por la pelea con indígenas, le diagnosticó una neumonía. El wixárika apenas podía ponerse en pie. Sus pasos eran lentos. “El huicholito no andaba tan mal,
pero se puso muy enfermo”, anota María de la Luz Martínez Rico, encargada del turno vespertino del albergue. “El domingo comió bien, preparamos menudo y comió dos veces en la
mañana; comió y volvió a cenar. Le dije que si no le hacía daño, pero me contestó que no, moviendo la cabeza. El lunes ya no pudo desayunar, se quejaba mucho”.

Al mediodía llegó la ambulancia para el traslado. María de la Luz acompañó al wixárika. El camino era largo, y luego de dos horas y media arribaron al hospital, donde Tereso fue canalizado y le realizaron exámenes de sangre. El diagnóstico exigía un nuevo traslado: debía
ser atendido con urgencia en el Hospital Civil de Guadalajara. “No lo podía creer —menciona María de la Luz—, Tereso estaba muy grave. Necesitaba sangre de urgencia, si no, podía morir.

El problema es que el Hospital de Colotlán no sirve para estas enfermedades ni para muchas otras. No le pusieron sangre porque en toda la región (Norte de Jalisco) no hay banco
de sangre. Me dijeron que en cualquier momento podría caer en paro cardiaco”.

A las 18:30 horas partió la ambulancia hacia Guadalajara. “En el camino, Tereso insistía en que le dolía la cabeza y la espalda, que era un dolor muy fuerte. Duramos casi tres horas de Colotlán a Guadalajara”.

A las 22:00 horas arribaron al Nuevo Hospital Civil “Dr. Juan I. Menchaca”. “Estuvimos
batallando porque no lo recibían rápido, no había camas, lo estuvieron revisando en una camilla dentro del hospital —relata María de la Luz, que ‘festejó’ así, en medio de los enfermos, su cumpleaños número 40—. Como una hora y media después lo pretendían pasar a una cama
para darle la debida atención, pero le dio como un ataque. En ese momento me echaron del lugar porque me alteré, y minutos después los médicos me avisaron que estaban haciendo lo posible para revivirlo (le dieron reanimación cardiopulmonar durante 20 minutos) pero de nada
sirvió. Estaba muerto. No le alcanzaron a dar su servicio… traía el mismo suero de Colotlán, no le dieron medicinas ni le transfundieron sangre”.

Sin sangre en las venas

Tereso no murió por las carencias del sistema de salud, sino por las condiciones de rezago y el contexto social de una de las poblaciones con más alto nivel de marginación en Jalisco, argumenta José Güitrón Ramírez, jefe de Urgencias Adultos del Nuevo Hospital Civil de
Guadalajara.

Primero, el galeno especuló que el joven llegó al nosocomio con “una leucemia o una hipoplasia medular”. Pero quedaron dudas en el reporte médico del diagnóstico de egreso.

La responsable del turno vespertino del hospital, Leticia González, no se atrevió a precisar el diagnóstico de egreso por los golpes que presentaba Tereso a consecuencia de la riña con indígenas, y envió el cadáver al Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses para la autopsia de ley.

“La doctora podía hacer el parte médico legal, pero no se quiso meter en problemas porque no le constaba quién lo golpeó. Quitando el misterio de los golpes, la causa de la muerte fue una hemorragia interna, cerebral o abdominal”, sostiene Güitrón Ramírez: “Es probable que
hubiera tenido leucemia (grupo de enfermedades de la médula ósea que implica un aumento incontrolado de glóbulos blancos: leucocitos) o aplasia medular (insuficiencia medular cuantitativa), que son enfermedades muy graves”.

Los análisis médicos arrojan que Tereso tenía 2.5 unidades de hemoglobina en la sangre, cuando un varón debe mantener un promedio de 16 unidades; es decir, tenía sólo 15% de hemoglobina. “Son pocas las personas que me ha tocado ver con vida en esta situación, en
una trayectoria de más de 20 años. Además traía otro problema: las plaquetas estaban muy bajas (funcionan como celdas de coagulación en la sangre), traía 12 mil, cuando lo normal varía entre las 250 mil y las 300 mil plaquetas; sólo traía 5%. Si una persona está así, puede
sangrar espontáneamente de las encías, de la cabeza o de cualquier parte del cuerpo”, refiere Güitrón Ramírez.

El especialista recapitula que cuando Tereso llegó al nosocomio (con un peso de 46 kilogramos) solicitaron sangre y plaquetas, pero en el Hospital Civil fueron enterados del traslado desde la mañana de ese lunes. “La sangre lleva un proceso de tres horas para poder
administrarse (debe ser descongelada), entonces llegó media hora después de que el paciente murió (era del grupo sanguíneo O positivo). Y aunque hubiera llegado la sangre había que esperar a que pasara por las venas con éxito en un lapso de cuatro horas; necesitaba unos
cuatro paquetes globulares y unos 30 mil concentrados plaquetados para estar fuera de peligro de sangrar”.

Se estimó que la enfermedad de Tereso había evolucionado por más de seis meses. “Estos pacientes se dejan morir —generaliza en el tema Güitrón Ramírez, en alusión a los indígenas—, prácticamente vienen a morirse a los hospitales por su gravedad… me da pena decirlo. Los
indígenas no se atienden hasta que terminan las siembras o cosechas, en julio y agosto es cuando no trabajan y vienen a los hospitales. El 10% de las atenciones de indígenas es de pacientes muy graves. Tereso es el ejemplo. No hubiera muerto si se hubiera tratado antes en
el Hospital Civil. No me extrañó su situación, que quede claro, los indígenas presentan casos de terrible anemia, alcoholismo avanzado, cirrosis, grave desnutrición y hasta embarazos de menores de 15 años”.

Una semana después, la Dirección de Comunicación Social del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses respondió acerca de la muerte del wixárika: “Falleció a causa de un edema agudo pulmonar, coadyuvado por neumonía (infección de los pulmones; muchos organismos
diferentes la pueden causar, incluyendo bacterias, virus y hongos) y anemia (afección en la que hay un número de glóbulos rojos en la sangre por debajo de lo normal, usualmente medido por la reducción en la cantidad de hemoglobina). Pero el Hospital Civil es quien debe dar el
diagnóstico de egreso, no esta institución”. La dependencia no emitió comentarios por los golpes que presentaba el indígena.

Aunque el edema pulmonar constituye una verdadera urgencia médica, de acuerdo con el Programa de Actualización Médica Continua para Cardiología, y por ello debe identificarse rápidamente para instalar el tratamiento de manera oportuna, la vida de Tereso terminó en una
terrible agonía porque no existieron las redes de comunicación entre autoridades y médicos municipales y estatales para que fuera atendido en un hospital de especialidades desde el 27
de diciembre, cuando se presentó por primera vez en el centro de salud de Chimaltitán. Murió dos semanas después.

Regreso a casa

La desnutrición en comunidades indígenas es “algo normal por su cultura, por sus fiestas que duran hasta tres días”, argumenta el presidente municipal de Bolaños, Luis Alberto Zamora Zamora.

La mañana del 13 de enero de 2009, el presidente municipal de Chimaltitán, Basilio González Rodríguez, contactó a su homólogo de Bolaños, Luis Alberto Zamora Zamora, para informarle de la muerte de Tereso y solicitarle la búsqueda de familiares para el sepelio. “Fue un caso
muy lamentable —asevera González Rodríguez—, eso viene de la violencia intrafamiliar. El médico municipal nos dijo que murió a causa de esa golpiza que le pusieron; los golpes que le dieron no fueron leves, batallaba para respirar, le pegaron fuerte en el pecho”.

— ¿Por qué no lo envió al hospital de Colotlán el día que lo encontró para que le hicieran exámenes médicos, ante las visibles malas condiciones de salud en las que estaba
desde el día de la agresión?

— Cuando lo encontré, le dije que pusiera su denuncia —esquiva el munícipe de Chimaltitán—.

Incluso creo que la Policía le ayudó a poner la denuncia en el Ministerio Público (no existe averiguación previa al respecto). Durante los ocho días que estuvo en el asilo se mostraba bien hasta que empeoró su salud, se le juntaron una anemia y al último una leucemia. Quiero
precisar que no hubo negligencia en el caso de Tereso; podemos demostrar que cuando se agravó se le dio la atención. Nos queda una gran lección que tenemos que aprender para atender casos de violencia intrafamiliar y evitar estas tragedias.

El alcalde subraya que “falta más seguridad pública en las partes marginadas, donde se da la impunidad y agresiones hacia la familia. El problema de violencia intrafamiliar es muy grave, aquí hay frecuentemente estos casos y Tereso es el ejemplo. Hay una versión de que el papá ahorcó a su mamá y después corrió a Tereso; entonces la desintegración familiar detonó su
muerte. Es importante que las autoridades acudamos para resolver estos problemas y evitar muertes”.

El presidente municipal de Bolaños, Luis Alberto Zamora Zamora, comenta acerca de la muerte del wixárika: “Yo regalé una caja para el entierro a Tereso —presume—, pero no conocía el
caso hasta que me habló el alcalde de Chimaltitán. En ese momento actuamos para localizar a los familiares. En Bolaños no hay tanta violencia —repele a la declaración del primer edil de Chimaltitán—; todos los muchachos van a la escuela. Lo que sí hay es desnutrición, algo
normal de la cultura de los indígenas, por sus fiestas que duran hasta tres días. Otro problema fuerte es el desempleo, somos una zona muy marginada”. Los alcaldes sólo coinciden en la carencia de servicios médicos de especialidad en la Zona Norte de Jalisco.

César Ávila Durán, director de Seguridad Pública de Bolaños, se encargó de localizar a la familia de Tereso. El cuerpo fue enterrado en el panteón de Tuxpan de Bolaños. “Me comuniqué con el regidor de la comunidad de Tuxpan, José Rosalío de la Cruz, y por medio de él localizamos al papá de Tereso. Cuando lo encontramos estaba en estado de ebriedad, muy
indispuesto… dicen que siempre está así. El cuerpo se lo hicimos llegar. Ellos viven en Cañón de Tlaxcala, una zona muy riesgosa por la Sierra; caminando se hacen más de cinco horas entre Tuxpan y el Cañón, porque es intransitable para vehículos”.

Mario A. Múñoz, periodista mexicano de “El Informador”, recibió el primer premio del Segundo Concurso Periodístico América Latina y los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Para opiniones o sugerencias:

emilio_m_gomez@hotmail.com

pensamiento_compartido@hotmail.com

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