ColumnistasDr. Isaac Leobardo Sanchez Juarez

¿Ser mexicano es un obstáculo para el desarrollo?

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 TIEMPO ECONÓMICO

Por: Isaac Leobardo Sánchez Juárez*

En estos días he estado leyendo un libro sumamente interesante que se llama “Bad samaritans: The myth of free trade and the secret history of capitalism”, escrito por el economista surcoreano Ha Joong Chang, a partir de la lectura identifiqué una serie de elementos que deben ser tomados en cuenta para la elaboración de una estrategia de desarrollo económico. Algo particularmente llamativo es su discusión acerca de la relevancia de la cultura y como ésta está determinada, en cierta medida, por el grado de desarrollo económico y no al revés. Si las características culturales de hoy no son apropiadas para el trabajo (honorabilidad, disciplina, compromiso, transparencia, respeto a la ley), no tienen que mantenerse, pueden cambiar, ser modificadas por las circunstancias.

En el año de 1915, cierto consultor empresarial de origen australiano, viajó a un país en desarrollo para verificar los procesos productivos de una fábrica y determinar la naturaleza de su baja producción, al finalizar su observación y analizar lo que vio, escribió un reporte, en el cual consideraba que el principal obstáculo para la eficiencia era la mano de obra, la cual estaba caracterizada por ser barata, lo que se correspondía con su bajo nivel de productividad. Escribió con franqueza que los trabajadores eran excesivamente perezosos. Los administradores que recibieron el informe, le comunicaron que esto sería un problema, ya que la forma de comportarse de los empleados estaba demasiado arraigada, era parte de su herencia nacional.

Usted debe pensar que el australiano visitaba México o algún país latinoamericano, pues resulta que no, el país en cuestión es Japón. Hace un siglo, la mayoría de occidentales consideraba a los japoneses personas flojas, incapaces de realizar un esfuerzo que se tradujera en acumulación y modernidad. Pero, no todo termina aquí, en el año de 1903, en el libro “Evolution of the Japanese”, Sidney Gulick, comentaba en relación a los japoneses: “tengo la impresión… de que son personas flojas y completamente indiferentes al paso del tiempo.” Resulta que este autor no fue un observador casual (ya ve que a veces nosotros vamos a un lugar por un periodo corto de tiempo y nos formamos una impresión que muchas veces es equivocada), Gulick vivió en Japón durante 25 años, dominaba el idioma e incluso era profesor universitario.

Existía pues a finales del siglo XIX y principios del XX la idea de que los japoneses eran poco trabajadores, ineficientes, flojos, despreocupados y emocionales. Ha Joong Chang, en su libro considera que la similitud entre lo que se pensaba de los japoneses hace un siglo y lo que se piensa ahora de los africanos es increíble –ni que decir de los latinoamericanos. Volvamos al pasado, después de un tour en Asia entre 1911 y 1912, Beatrice Webb, la famosa líder del socialismo Fabiano británico, escribía que los japoneses tienen un apego incuestionable al ocio y una intolerable independencia personal. Ella pensaba que en Japón no existía ningún deseo de las autoridades para enseñar a las personas a pensar. ¿Dónde hemos oído esto? En pocas palabras, para ella los japoneses y otros orientales, entre los que incluía a los coreanos, eran hoscos, flojos, e ineptos.

A estas alturas usted estará pensando que esto no es otra cosa que un prejuicio que los occidentales tenían en contra de los orientales. Pero no necesariamente, ya que los británicos, a principios del siglo XIX pensaban cosas similares de los ahora cuasi perfectos alemanes. Los consideraban personas aburridas y pesadas. La indolencia era la palabra que más comúnmente se usaba para describir la naturaleza del pueblo germano. Los alemanes eran considerados personas individualistas e incapaces de cooperar. La incapacidad alemana para cooperar, se veía reflejada, según los británicos, en la pobre calidad y mantenimiento de su infraestructura pública. Nuevamente, esto nos suena familiar.

Para no hacerle la historia más larga, hace un siglo los japoneses eran considerados como flojos más que altamente trabajadores; excesivamente independientes mentalmente antes que leales “hormigas” trabajadoras; emocionales más que inescrutables; de corazones ligeros más que serios; viviendo para el presente más que considerando el futuro (lo que se refleja en sus elevadas tasas de ahorro). Hace un siglo y medio los alemanes eran indolentes más que eficientes; individualistas más que cooperativos; emocionales más que racionales; estúpidos más que ingeniosos; deshonestos más que honestos; distraídos más que disciplinados.

Entonces, si los japoneses y los alemanes tenían una “mala” cultura, ¿cómo es que se volvieron ricos? ¿cómo cambiaron sus hábitos nacionales? Lo que ocurrió es que el comportamiento de las personas no está determinado por la cultura, de hecho la cultura cambia. Pensemos en nuestro país, la cultura mexicana actual no es la misma que la prevaleciente durante la revolución o la existente antes de la invasión francesa de mediados del siglo XIX o la que surgió como resultado de la lucha de independencia. La cultura no se mantiene inmutable. Lo que hizo a los países mencionados exitosos fue su capacidad para detonar aquellos elementos que eran favorables al desarrollo económico mientras se minimizaban los desfavorables.

Muchos de los rasgos negativos del comportamiento de los japoneses y alemanes en el pasado eran resultado de las condiciones económicas prevalecientes en sus subdesarrollados países, más que sus características culturales específicas. El cambio en las condiciones económicas condujo a un cambio de los hábitos heredados. La lección de todo esto es que nuestra cultura no es un obstáculo para nuestro desarrollo, ser mexicano no afecta tanto, como normalmente creemos, nuestro estado de desarrollo económico. Si no me cree piense en un mexicano que vive en Oaxaca o Veracruz y decide irse a trabajar a los Estados Unidos de manera ilegal, al paso del tiempo su ingreso es cuatro veces el que obtendría en México y su productividad es por lo menos cinco veces mayor, ¿qué pasó? Es el mismo mexicano con la misma cultura, trabajando en un país que le proporciona mejores condiciones económicas, mejores instrumentos y por ende entrega mejores resultados.

He querido compartir esto con usted con optimismo, para hacerle ver que el deteriorado país que tenemos hoy y la mala imagen que se tiene de nosotros no son a perpetuidad y no tenemos por qué estar condenados siempre al subdesarrollo. Debemos promover aquellos factores que detonan el desarrollo, tales como la inversión, el capital humano, la tecnología e innovación, todo lo cual dependen de una modernización institucional y el establecimiento de los incentivos apropiados.

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* Profesor en economía de la UACJ, Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI)

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