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Profeta de América, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

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Fiesta de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, profeta de América   Bienvenida y canto inicial.   Durante estos días hemos ido contemplando al mismo Dios, según nos lo presenta María y la narración del Nican Mopohua, lo mismo que a Ella misma, según su propia presentación.

Hoy vamos a contemplar a Juan Diego de manera especial para admirar cómo Dios y María lo fueron preparando y conduciendo, de manera maravillosa, desde su conversión hasta el momento de las manifestaciones de Nuestra Madre y Reina del Tepeyac y los 17 años que todavía vivió al servicio de la Señora del Tepeyac. También conoceremos la manera tan hermosa de nombrar Juan Diego a María y las virtudes que él pudo desarrollar gracias al impulso de Ella y de Dios. Este día invitamos a que nos acompañe el mismo Juan Diego.

Primera consideración: Dios escoge a Juan Diego, un hombre indígena de cultura nahua (N.M. 3-4; 9-10 y 55-56).   Según la tradición recibida oralmente y por escrito, Juan Diego nació en Cuautitlán, hoy Estado de México, hacia el norte de la capital de la República Mexicana. Allí vivió y llegó a casarse, como todos los indígenas, con su mujer Papantzin, quien después, al bautizarse, cambió de nombre: María Lucía.

Él se llamaba en su lengua indígena Cuauhtlatoa o Cuauhtlatotzin, que quiere decir: el que habla como águila.   No sabemos cuántos hijos hayan tenido, pero alguno tuvieron, pues una religiosa de Querétaro del siglo XVI y principios del XVII aparece como nieta de Juan Diego. Contemplemos a Dios, gocemos cómo escogió a Juan Diego desde la eternidad para que fuera el hombre favorecido para encontrarse con Santa María de Guadalupe y ser el mediador entre Ella y el obispo fray Juan de Zumárraga.   Segunda consideración: Juan Diego fue un hombre muy religioso que puso lo que estuvo de su parte para conocer a Dios (N.M. 6; 68-69; 113, 175-176). Sabemos por las tradiciones indígenas antiguas lo religiosos que eran, cómo vivían sus devociones a sus dioses. Algunos habían llegado a tener altísimos pensamientos de Dios, como lo vemos en el rey poeta Nezahualcóyotl. Juan Diego fue heredero de esa tradición, que vivió en plenitud una vez convertido al cristianismo.

Al oír el relato original de las apariciones gocemos esta búsqueda de Dios hacia Juan Diego, la de María al mismo y la de este hombre macehual -nombre que designaba el haber sido merecido por uno de los dioses, según su tradición- por servir a Dios, a María y a su pueblo.

Tercera consideración: María manifestó a Juan Diego todo su amor como lo descubrimos en el relato original (N.M. 12-15; 23; 29-30; 58-59; 90-93; 105-107; 118-120 y 139). Los párrafos que tiene el Nican Mopohua respecto a la relación materna de María hacia Juan Diego son bellísimos, muy consoladores.

 Escuchémoslos en el corazón; sintamos que María nos ama con el mismo y delicado amor que le manifestó a Juan Diego. Estemos seguros que Ella nos tiene entre sus brazos como se lo dijo a él. Dejemos que esta realidad, por la gracia del Espíritu Santo, nos anime y consuele.   Cuarta consideración: Juan Diego amó muchísimo a María y se lo manifestó de muchas maneras (N.M. 23-24; 38, 49-50, 556, 63-66; 107-110; 122-123; 143-152; 164-167, 179-180; 191-195 y 209-211).   Juan Diego nos manifiesta en los relatos originales y en lo que cuenta de él la tradición oral, sostenida en México por siglos, lo muchísimo que amó a María y todo lo que hizo por Ella, no solamente en el tiempo de las apariciones sino durante los 17 años que todavía vivió al servicio de Ella y de la primera capillita que le levantaron y que le tocó asearla, adornarla y tantas cosas más en honor de María y para bien de su pueblo. Contemplemos a Nuestra Madre amorosa y a Juan Diego en sus diálogos y convivencias…   Quinta consideración: Juan Diego, hombre virtuoso y santo, vive al servicio de su pueblo, de Dios y de María, como lo aprendió del Señor Jesús. Dios y María le dan un lugar único en la historia de América (N.M. 26; 33-36; 49-53; 70-80; 111-116; 168-174 y 197-203). Contemplemos a Juan Diego, veamos cómo trató a María, cómo le cumplió al ir con el Obispo y cómo éste lo convenció de la realidad del mensaje de la Señora del Cielo.

 Imaginemos cómo sirvió a su tío Juan Bernardino, al pueblo… Todo esto lo aprendió en sus ratos de oración, en sus asistencias a las misas, en su catequesis, en esas largas caminatas que hizo como Jesús para vivir dignamente y llevar la Buena Noticia a todas partes.

A Juan Diego se le llegó a conocer como el peregrino por los muchos desplazamientos que tenía y quería hacer para atender a las personas en algunas partes y a la Virgen en el Tepeyac. Aprendamos de él, y aunque nos cueste trabajo, sigamos su ejemplo.   Agradezcámosle a Dios que nos haya dado en México al gran profeta de América, al nuevo Juan que le puso casa aquí en México a María, como Juan Evangelista le puso su casa y la atendió en Galilea, en Jerusalén, en Efeso…

 Lecturas bíblicas y comentarios: Mt 10, 1-13; Lc 10, 1-12; Jn 13, 1-15; Ef 2, 1-22 y 3, 1-13; Fil 4, 4-9; Col 3, 5-17. Oraciones complementarias. Guía: Santa María de Guadalupe, que en el ayate de Juan Diego te quedaste; todos: enséñanos a seguir a Jesús y a imitarte.   Nota: Aquí podría ser el momento adecuado para leer el Magnificat de Juan Diego. Sería un buen modo de felicitarlo juntos por ser el profeta de María de Guadalupe y el profeta de América.

Acuerdos, oración y canto finales. Despedida.   Magnificat de Juan Diego   Proclama todo mi ser la grandeza del Dios de la vida. Canto la alegría de nuestra salvación porque Él se fijó en nuestras razas y en todo el sufrimiento de siglos que hemos heredado y sobrellevado con dolor.   Todos dirán conmigo que el que es Fuente de Vida, el que siempre está presente con nosotros ha hecho maravillas con todos nuestros pueblos. Reconocemos por eso que Él es el único santo, el Dios de la cercanía y la presencia consoladora, el Dios de toda alianza buena.

 Siempre nos ha hecho bienes innumerables, porque Él es el amor, el Dios de la Unidad, el Dios del cerca y junto, el Sol y Flor de la gran verdad. Él, mediante la preciosa siempre Virgen Santa María de Guadalupe, nos ha levantado y todavía nos levanta de nuestra profunda postración y lágrimas.

 Y por Ella se dignó manifestarnos a su querido Hijo. Nos trajo a estas tierras americanas una presencia más suave, fuerte y dinámica de su Santo Espíritu, glorificador amable.

  Por eso los poderosos tiemblan. Y también los que se han enriquecido a costa del sufrimiento de nuestra pobreza, porque Él es nuestro amparo y escudo. Porque nos ha dejado, a nosotros sus pequeñitos, a nuestra dulce Madre, en su casita santa del Tepeyac.

Canten conmigo, toquen sus atabales y flautas, sus teponaxtles, y dancen, dancen al Dios bueno que nos lleva de la mano y nos seguirá llevando, porque siempre cumple sus promesas. El mismo nos llevará a vivir lo que nos ha prometido, y seremos amigos y hermanos por siempre, en esta tierra del frijol y del maíz… Y después eternamente… Y ya desde ahora, en un mundo de justicia, amor y vida nueva. Amén.

FUENTE: EL DIARIO DE YUCATAN

redaccion

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