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Miss Democracia y la mujer de Frankenstein

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José Luis Ortega Vidal

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Llegan tres mujeres a un concurso de belleza.

Se trata de un evento social que convoca a la población absoluta de un pueblo.

Una dama luce un vestido tricolor; la otra viste de azul y la tercera de amarillo.

Hay más concursantes ataviadas con ropas moradas, rojinegras, verdes; etcétera.

Sin embargo, la atención de la mayoría se centra en las primeras tres; el motivo principal es su edad y fuerza corporal. Esas tres damas, además de grandotas, lucen buenas curvas.

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El concurso es para elegir a Miss Democracia y los premios ofertados son muchos y algunos muy jugosos: incluyen una presidencia de la república; un congreso con dos cámaras; 31 gubernaturas; una jefatura de gobierno; más de 2 mil 500 alcaldías y un número infinito de puestos edilicios, diputaciones locales y posiciones burocráticas.

El concurso incluye varias etapas y en alguna las concursantes deben exponer lo que piensan sobre la sociedad; cómo valoran su pasado, su presente y su posible futuro.

Este análisis implica una toma de posición; deben externar juicios de valor sobre lo dicho; asumir una postura en torno a las múltiples caminos que podría seguir esa sociedad.

Al inicio, las principales concursantes difieren notablemente en sus posturas.

Por ejemplo: una de ellas opta por el camino del centro; una más por el camino de la izquierda y otra por el de la derecha.

Todas las demás participantes-multicolores ellas- varían en los caminos elegidos pero siempre se manifiestan como dueñas de ideas y objetivos propios; surgidos –dicen- de su particular panorama sobre la sociedad.

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Al paso del tiempo, ya muy avanzado el concurso en cuestión, algo no funciona; muchos aspectos lucen desconcertantes; el evento se ha convertido en un desorden total.

Finalmente, ya no hay muchas concursantes; nomás quedan tres.

Luego, con el paso de las etapas, nomás quedan dos aspirantes a Miss Democracia.

La participante de vestido originalmente tricolor terminó irreconocible: su ropa trae parches verdes, morados, amarillos, azules y más bien parece candidata a Reina del Carnaval.

Las concursantes azul y amarillo se pusieron de acuerdo y una de ellas renunció para darle sus “votos” a la otra y –de paso- entre ambas confeccionaron un vestido de combinación extraña: una manga es amarilla; la otra es azul; el frente es amarillo y azul y la espalda parece gelatina de mosaico.

Lo peor es a la hora de exponer su discurso y externar la propuesta de un camino.

Los del centro dicen que se irán por la vereda de la izquierda y más tarde corrigen y proponen la vereda de la derecha.

La idea –explican, sin salir de su contradicción- es seguir por el centro pero el centro/izquierda y a veces aprovechar el camino del centro/derecha.

Y si este discurso cantinflesco no es suficiente para la confusión, aparece la concursante azul/amarilla o amarrilla/azul y afirma: en el camino de la izquierda encontramos una vereda que nos identificó con la derecha y en la vereda derecha encontraron una parte que nos identificó con la izquierda y al final nos dimos cuenta que ambos caminos -aunque son contrarios- conducen al mismo lugar…

          ¡Ah chingá! Se escuchó la expresión entre el público.

Y desde luego, para esas alturas el concurso de Miss Democracia se había convertido en un chilaquil; en un desorden absoluto; en una confusión; en un desmadre; en una orgía; o como prefiera usted llamarle…

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          ¿Y los regalos? Preguntó alguien del respetable…

          Esos se entregan porque se entregan, le respondió uno de los organizadores.

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¿Qué puede resultar de todo esto?

Ya se verá; pero se corre el riesgo de que la ganadora luzca como la esposa de “Frankenstein”

 

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