JAIME RÍOS OTERO

¿Al sagrado corazón o a sus gerentes?

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Prospectiva

Por JAIME RÍOS OTERO

Renace la polémica en torno al retroceso que está a punto de sufrir México con la aprobación de la reforma constitucional al artículo 24, que ya logró la mayoría de votos de los congresos estatales, luego de que fuera aprobado por Jalisco, el estado número 17, el 23 de abril pasado.

Estamos a punto de ingresar en una era que los miembros de la Iglesia católica celebran como de gran avance, pero en realidad es una trampa donde ellos tienen las oportunidades de sobreponerse a todos los demás.

  Su superioridad deriva de algo muy simple: la Iglesia católica es una gran empresa mercantil, perfectamente organizada, con cuadros directivos muy competentes, con una ideología invariable que exige sometimiento, y con una base social amplia, fundada en la propagación de una fe que excluye el razonamiento, el disenso y el pensamiento científico.

Por si lo anterior fuera poco, las directrices que recibe provienen del extranjero, se generan dentro de una comunidad y un territorio que es considerado sujeto atípico del derecho internacional público, la Santa Sede, pero que opera y es reconocido como un Estado, con un jefe de gobierno y embajadores denominados nuncios, y con representantes que son acreditados ante él.

Actualmente, el artículo 24 señala: “Todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y para practicar las ceremonias, devociones o actos de culto respectivo, siempre que no constituya un delito o falta penados por la ley”.

Este fue el espíritu que dejaron los ideólogos de la Reforma del siglo XIX, los constructores del estado liberal, tal como lo conocemos, aquel que consagró garantías, división de poderes, democracia representativa y separación de las religiones con el gobierno.

Con la modificación queda así: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de conciencia y de religión, y a tener o adoptar, en su caso, la de su agrado.

Esta libertad incluye el derecho de practicar, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley. Nadie podrá utilizar los actos públicos de expresión de esta libertad con fines políticos, de proselitismo o de propaganda política”.

Aunque aparenta ser de un gran avance, en realidad la reforma abre la puerta para que el único sector organizado del país, el único con capacidad para imponer en una gran parte de la población el criterio o interpretación que más le satisfaga, el único con mucho dinero libre de impuestos, la Iglesia católica, se aproveche de esas libertades y, en un tiempo muy rápido, domine sobre el panorama de la opinión pública nacional en diversos aspectos.

Queda abierta, no una puerta, sino un portón gigantesco para que, con base en esa reforma, el Vaticano pueda abiertamente abrir escuelas de carácter confesional en cada ranchería, pueblo o ciudad del país, mediante el argumento de que el Estado debe respetar la libertad de las familias para garantizar la práctica individual o colectiva de sus devociones, ya que el propio numeral autoriza a hacerlo tanto en público como en privado.

Además, la libertad de conciencia tiene como uno de sus componentes la objeción de conciencia, que es el rechazo al cumplimiento de determinadas normas jurídicas cuando la persona considera que éstas son contrarias a las creencias éticas o religiosas de ella. Hay un choque entre la norma legal que impone un “hacer” y la norma ética o moral que se opone a esa actuación.

El objetor de conciencia dice “no” a la ley, atendiendo a lo que considera un deber de conciencia. Y claro, esto es muy hermoso como para vivir en un mundo paradisiaco donde las libertades son plenas y casi absolutas, pero es un gran peligro cuando hay detrás de las masas sometidas y fanáticas una institución como la Católica, que es experta milenaria en la manipulación, el control y la dirección espiritual basada en que, para llegar a Dios, sólo se puede hacer si ella es la intermediaria.

Debidamente trabajado el campo de la sociedad mexicana, fanatizado mediante medios de comunicación masiva, que la Católica puede comprar por el descomunal poder económico que tiene, es obvio que el resultado será desastroso para el país; estaremos a punto de ingresar en un nuevo estado confesional como el que fue derrotado por Juárez y su generación de la Reforma.

La revista Proceso aborda el asunto en su último número de esta semana y cita algo que quizá haya pasado inadvertido para los veracruzanos, pero que es escalofriante: que el Estado de Veracruz fue consagrado recientemente por el gobernador al Sagrado Corazón de Jesús. Ojalá realmente esa consagración hubiera sido hecha a un elemento simbólico tan sublime.

En realidad fue una entrega simbólica a quienes se consideran los administradores y gerentes de ese símbolo, que son los señores representantes del catolicismo.

Ojo, paisanos. Nos estamos quejando de que la alcaldesa de Monterrey entregó su ciudad a Jesucristo, y nosotros tenemos un hecho de igual o peor magnitud que habla de ignorancia, fanatismo y superstición.

columnaprospectiva@gmail.com

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