Cultura

Muerte del emperador Maximiliano

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CIUDAD DE MÉXICO. (Redacción).- El 19 de junio de 1867, hace 146 años, llegaba a su fin una aventura que desde el inicio tuvo fecha de caducidad: el imperio de Fernando Maximiliano de Habsburgo, quien era fusilado en el Cerro de las Campanas de Querétaro junto a sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

De esta manera, México cerraba el capítulo de un segundo imperio en su etapa independiente. El primero, encabezado por Agustín de Iturbide, no terminó mejor. Si Maximiliano logró mantenerse tres años en el poder, el consumador de la Independencia apenas estuvo 10 meses, de mayo de 1822 a marzo de 1823, y también murió fusilado luego de ser aprehendido.

El archiduque austriaco debió considerar este antecedente cuando aceptó la Corona del imperio de México que le ofreció una delegación de conservadores, entre los que se encontraba Juan Nepomuceno Almonte, hijo de José María Morelos y Pavón, “El Siervo de la Nación”, sin embargo, no lo hizo. El apoyo de Napoleón III de Francia, las bondades prometidas y quizá el deseo de gloria lo sedujeron. Corría el año de 1863 y Benito Juárez gobernaba en las sombras, a salto de mata, itinerante.   El desencanto de un monarca

Maximiliano de Habsburgo desembarcó en Veracruz el 28 de mayo de 1864 en compañía de su esposa Carlota de Bélgica, pero tan pronto tocó tierra mexicana se dio cuenta del nulo entusiasmo que despertaba su presencia. No hubo recibimiento real y el camino a la Ciudad de México estuvo acompañado por paisajes desoladores de un país en guerra.

Algo debió pasar

Los historiadores relatan que pronto se enamoró de su “nueva patria” y les guiñó el ojo a sus enemigos con acciones de gobierno más próximas a la corriente liberal.

Por ejemplo, abolió el trabajo infantil, canceló las deudas de los campesinos superiores a 10 pesos, prohibió cualquier forma de castigo físico (práctica común de la época), decretó que la fuerza obrera no podía ser comprada o vendida y terminó con el monopolio de las “tiendas de raya”, que perduraron hasta La Revolución.

En las artes también impulsó la cultura mexicana y ordenó la construcción de museos. “Los indios eran considerados un lastre para la estabilidad del país. Maximiliano, en cambio, los tomó en cuenta en su proyecto imperial y asumió una política conciliatoria”, relata Paulina Martínez, investigadora del Colegio de México.

Lejos de redituarle en alianzas, todo esto terminó por dejarlo cada vez más solo en la inmensidad del Castillo de Chapultepec que eligió como residencia oficial.

Si sus acciones contravenían los intereses de las clases privilegiadas, la puntilla fue no haber derogado las Leyes de Reforma impulsadas por Juárez, que avalaban la tolerancia de cultos (siendo él un monarca católico, condición expresa para el emperador designado) y dispusieron la nacionalización de bienes de la Iglesia; Maximiliano no hizo nada para revertirla.

A la postre Francia retiró sus tropas estacionadas en México para concentrarlas en Europa, donde soplaban nuevos vientos de guerra, los conservadores lo abandonaron y el Vaticano también le cerró las puertas.

El segundo imperio tenía las horas contadas, cercado por los liberales que no dejaron de ver a Maximiliano como un príncipe extranjero.   Muerte y leyenda

El desenlace se precipitó en 1867. Napoleón III además de repatriar a sus legiones canceló el apoyo económico que brindaba al imperio, que salía de las propias arcas mexicanas. Sin soldados y sin plata, el archiduque apenas resistió el sitio en la ciudad de Querétaro, donde se pertrechó.

Cayó prisionero el 17 de mayo y fue sometido a una Corte marcial que lo condenó a morir fusilado el 16 de junio de 1867. Sin embargo, el presidente Juárez aplazó tres días la ejecución. En este lapso recibió diversas peticiones de indulto para Maximiliano que fueron rechazadas, entre ellas las del poeta Víctor Hugo y José Garibaldi, uno de los unificadores de Italia.

La emperatriz Carlota viajó a Europa para solicitar a distintos monarcas que intercedieran por el archiduque, pero tampoco tuvo fortuna. En un intento desesperado acudió al Papa Pío XI para pedirle que extendiera un concordato (acuerdo entre un Estado y la Iglesia católica), pero el Pontífice no tuvo una respuesta clara. A partir de ese momento Carlota perdió paulatinamente la cordura hasta ser declarada demente. En un acto benévolo de la razón ausente, ni siquiera se habría enterado de la muerte de su esposo.

En México la fecha fatal había llegado para el emperador, quien según las crónicas regaló una moneda de oro a cada uno de militares que integraron el pelotón de fusilamiento. “En un día tan hermoso como éste quería morir”, fueron algunas de sus palabras ese 19 de junio de 1867.

De acuerdo con el acta de defunción expedida, Fernando Maximiliano José falleció en el Cerro de las Campanas a las 07:30 horas. Recibió cinco balazos en el cuerpo, pero fue aceptada su petición de no recibir impactos en el rostro en consideración de sus deudos. Tenía 35 años de edad. Junto a él cayeron sus generales Tomás Mejía y Miguel Miramón, a quien otorgó la distinción de colocarse al centro.

La leyenda ha dejado entrever una supuesta absolución de Juárez basada en el hecho de que ambos personajes eran miembros de la logia masónica, una especie de “hermanos de culto”.   Abona a este supuesto el que la princesa Sofía de Baviera, madre del malogrado emperador, se negara a reconocer a su hijo en los restos embalsamados que llegaron a Austria luego de una travesía de seis meses.   En El Salvador vivió por aquellos años un personaje de modos aristocráticos cuyo origen todavía sigue siendo un misterio, Justo Armas. Algunos piensan que se trataba en realidad de Maximiliano en búsqueda de una tercera patria. Los historiadores nunca han tomado esta versión en serio.   Carta de Maximiliano al presidente Juárez (fragmento)

“Próximo a recibir la muerte, a consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término a la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir a la paz y prosperidad de mi nueva patria”.

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