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Dios es mi vecino: Eric Clapton y José Agustín

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CUAUTLA, MORELOS. (Milenio).- «Esto de ‘Clapton es Dios’ no era una invención de mi papá o algún disparate metafísico personal, sino una auténtica cita callejera de la contracultura».

En 2017, Clapton anunció su retiro oficial de los grandes escenarios por problemas de salud, por una neuropatía periférica. (Foto. Royal Albert Hall)

Mi padre solía decirme que Eric Clapton era Dios. Tú sabes, el gran guitarrista, primero de la Crema, luego de Blind Faith, después de Derek & the Dominoes y finalmente un asombroso solista, la Lira más veloz y precisa en la historia del rock and roll. Quizá solo detrás (o rivalizando) con Jimi Hendrix, ese otro dios negro, de la eterna Fender Stratocaster blanca.

Mi Páter aún repite eso de vez en vez, cuando escuchamos al Eric Claxon felizmente en esta su Casa que Canta, y yo recuerdo que desde entonces aquella declaración, en tono bromista, solía contrariarme, pues me costaba trabajo imaginar a Dios como un cabrón rocanrolebrio inhalando sendas rayas de coca, bebiendo whisky sin parar, tragando ácidos y fumando mota, para finalmente caer en la adicción al arpón, los deliciosos elíxires del opio intravenoso. Pero supongo que se refería a los buenos tiempos, cuando este músico súper dotado aún embrujaba a las masas roqueras con sus acordes —solos y efectos especiales— increíbles para su época, pues en aquel entonces ningún músico le había logrado sacar tanto jugo a las guitarras eléctricas, como lo hicieron Hendrix y Clapton.

Pero esto de “Clapton es Dios” no era una invención de mi papá o algún disparate metafísico personal, sino una auténtica cita callejera de la contracultura, en la década de 1960, cuando según él (como me lo contaba siendo yo un niño) los jipis y rebeldes de Inglaterra solían escribir esa pinta con aerosol en las calles de Londres, o con lo que sea que pintaran sus consignas en esa era tan remota del rucanrol, cercana al Jurásico. Así crecí, entre mi madre que nos acercaba, a mis hermanos y a mí, al catecismo, y mi Gran Jefe que nos inculcaba una historia pagana de heráldica rocanrolera, donde un tal “Eri Clapton” era más dios que el papa, y así lo demostraban las notas casi celestiales que emergían de su portentosa guitarra mágica, bendecido a todas luces, poseedor de un arpegio tan virtuoso como inspirado, alcanzando altitudes difíciles de superar por sus colegas guitarristas. Hasta que llegó Hendrix, claro. Pero si hablamos de una carrera de resistencia y la cantidad de trabajo, Clapton gana limpiamente.

A favor de su alma tan brillante, otrora comparada con el Gran Espíritu, Clapton tuvo varios accesos de iluminación, y no podemos dejar de mencionar su asombrosa rehabilitación, cuando dejó la cocaína, la heroína, el alcohol y demás drogas, para dedicarse exclusivamente a su verdadero llamado: la música. Incluso abrió varios centros de rehabilitación para adictos en distintas partes del mundo. Así de comprometido se sintió a hacer el bien, para resarcir un poco sus travesuras, y así desarrolló una de las carreras más fértiles de la historia del Rucanrol, como solista, roquero y guitarrista virtuoso. Recientemente, al igual que lamento el silencio escritural de mi padre, en 2017 suspiré al escuchar que Clapton anunció su retiro oficial de los grandes escenarios, debido a problemas de salud, por una neuropatía periférica, que le causa constantes dolores musculares en brazos y manos, además de inoportunas biodescargas eléctricas.

Por esas fechas, tuve un sueño en donde Eric Clapton era nuestro vecino de enfrente, acá en la casa de mis padres, en Cuautla, Morelos. Esto ya en la era en que mi jefe convalece casi recluido, combatiendo la hidrocefalia y la amnesia reciente, tras su fatídico accidente en Puebla, en 2009.

Pues sí, el Eric era nuestro vecino y al salir yo, en la mañana, para abrir nuestro portón negro, me encontraba con que él, que también salía a la calle, abría de par en par sus puertas, en la casa de enfrente (que realmente existe, pero desde luego no la habita ninguna celebriedad), y con una gran sonrisa me saludaba amablemente, muy natural y con cierta cordialidad amistosa, como quien se topa a diario con su vecino. Debo anotar que, la noche anterior, al parecer había caído una buena tormenta en este mundo de mis sueños, pues toda la calle estaba húmeda, llena de hojarasca, y olía como a tierra mojada.

Devolví el saludo a Eric con extrema felicidad, un tanto confundido por lo que la realidad del sueño me programaba para aceptar: que Clapton era mi vecino de muchos años, pues mi admiración real por él intentaba recordarme que eso era imposible. Mi conciencia trataba de abrirse paso en aquella realidad alterna, poblada por esta estrella fugaz que había aterrizado frente a las puertas de la casa; al parecer allí vivía desde siempre y no iría a ninguna parte. De pronto, noté que traía una guitarra eléctrica entre manos, al parecer inalámbrica, una Fender roja, Stratocaster. La sacaba de detrás de su espalda sorpresivamente, como un mago que la materializara desde una ilusión óptica, y comenzó a tocar su música celeste, pero apuntando la guitarra hacia las hojas muertas que se apilaban en las entradas de nuestros hogares. Y entonces noté que la fuerza de su música se convertía en una corriente de aire a presión, que brotaba del brazo de la Ferder roja, como una sopladora de hojas eléctrica, pero con la potencia de un pequeño tornado personal. Y cantando entre el ruido de esa música estridente, el rugido del viento y la escarcha de las hojas secas levantándose en el aire, Eric Clapton limpió ambas aceras de toda suciedad, todo residuo de la tormenta, toda el agua de la lluvia, todo el lodo, y todas esas muddy waters se fueron volando con un vendaval perfectamente controlado, directo al heaven.

Mientras tanto, Eric tocaba su lira con gran naturalidad y cantaba sencillamente, como un obrero que murmura una melodía, sin importarle quién alcanza a escucharlo o no, dirigiendo su guitarra hechizada, que tenía el poder de convocar y conducir a los vientos huracanados del cielo azul, como una orquesta, una danza y una fiesta de hojas secas y flores muertas. Ante todo esto, al terminar su pequeña hazaña, yo aplaudí a rabiar, con fuerza, como queriendo ser un público más grande, y el maestro me correspondió con una sonrisa y una reverencia de juglar, y luego dio la vuelta, y con paso cansado, como el fantasma de un gigante que se desvanece entre las Brisas, volvió tranquilamente a su casa, detrás de una puerta enrejada, y desapareció entre los árboles y el pasto de un jardín soleado.

redaccion

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