Dr. Isaac Leobardo Sanchez Juarez

Mejora regulatoria en México

TIEMPO ECONÓMICO

Por: Isaac Leobardo Sánchez Juárez*

Una de las razones por las cuales el país se mantiene en un franco atraso, es que los empresarios, enfrentan múltiples regulaciones y restricciones que les impiden llevar a cabo sus actividades. La mayor parte de obstáculos provienen de la enorme diversidad de entes de gobierno de todos los niveles, que constantemente los acosan para obtener de ellos rentas y hacerles en esencia la vida un tanto complicada.

Debe advertirse que cierta dosis de regulación es necesaria, pero los encargados de las oficinas públicas tienen que considerar que tampoco puede ser abundante porque termina generando fuertes desincentivos a la actividad empresarial y ello pone en jaque las posibilidades de desarrollo del conjunto económico.

Las autoridades, particularmente las federales, se han dado cuenta de la enorme cantidad de trámites y procedimientos que tienen que realizar los actores económicos privados y entendiendo que esto no es sano, han dado pasos firmes para permitirles operar con un menor número de trabas asociadas a los reglamentos y normas vigentes.

En los últimos años se ha intensificado el proceso de desregulación, algo con lo que nadie puede oponerse en su sano juicio, pero que muchos lo hacen (porque seguramente han vivido durante toda su vida del Estado y piensan que los ingresos que perciben son creados por esta figura, nada más alejado de la realidad).

Desregular más y mejor es fundamental para elevar los niveles de productividad; es decir, producir más con menos o lo mismo con menos, también es un factor que facilita el emprendimiento, la innovación, que conduce a crear más empleos y que por supuesto eleva nuestra competitividad. La desregulación debe ser generalizada, no debe diferenciarse tamaño de empresa, sector o región.

Lo que se ocupa es crear condiciones para la operación en libertad de las empresas, con un gobierno que cuida que su operación sea rentable y respete las condiciones de vida de la mayoría de la sociedad. Para nuestra mala fortuna, los gobiernos estatales y locales no han entendido todavía la importancia de la desregulación, incluso puedo afirmar que algunos se oponen a ella y trabajan a diario para generar un mayor número de procedimientos que cumplir, haciendo que los esfuerzos emprendidos en el plano federal sean de escasa importancia.

En las diferentes regiones del país, es común oír a los empresarios, particularmente los más pequeños, quejarse amargamente de lo difícil que es sostenerse en el mercado, cuando las autoridades insisten en crear procedimientos para el inicio, operación e incluso para poner fin a sus actividades, muchos de los cuales son absurdos.

En lo general existe descontento respecto a la labor de nuestros gobernantes y burócratas, particularmente los locales. Se debe prestar atención a las microempresas, ya que representan el 95% del total de las empresas formales, emplean al 45.6% del personal ocupado y representan el 5.9% de la producción.

Las medianas empresas apenas son 0.3% del total y producen 7.7% del PIB, mientras que las grandes representan el 0.2%, pero aportan 21.5% del empleo y 73.6% de la producción nacional. Son muchas las empresas pequeñitas y en ellas se ocupan muchas personas y son éstas las que mayores restricciones enfrentan.

Las más grandes, tienen forma de evitar las regulaciones, muchas veces recurriendo a la corrupción, lo que conduce a otro problema. La excesiva regulación es fuente de corrupción, ya que el empresario se ve tentado a incurrir en ella para agilizar sus operaciones, debilitando con ello las instituciones, lo que crea una espiral perversa de subdesarrollo en nuestra economía.

Otra consecuencia negativa de la excesiva regulación es que propicia la aparición de empresarios muy pequeños en el sector informal, lo que se encuentra asociado a un estancamiento de la productividad, que a su vez lleva a un bajo crecimiento económico –la productividad de 1992 a la fecha creció apenas un 0.2% en promedio anual. En esencia, la informalidad termina generando más informalidad, romper con esto puede hacerse por la vía de la simplificación administrativa y el fin del burocratismo por parte de los gobiernos estatales y locales.

En aras de conocer con precisión el avance obtenido en materia regulatoria, el Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C (CIDAC) acaba de publicar este año su más reciente informe en la materia, denominado: “Reglas del juego. Ranking estatal en mejora regulatoria”, en el cual se establece el grado de avance o retroceso observado con relación a las normas que han establecidos los estados. Es importante destacar que con la excepción de Oaxaca y Querétaro, todos los estados tienen marcos normativos cuyo fin es lograr una simplificación del proceso administrativo, regulador y de fomento –recuerde que los deseos casi siempre están bastante alejados de la realidad.

Las 32 entidades del país fueron clasificadas en cuatro niveles: mínimo, bajo, medio y alto. De tal suerte que 11 entidades aparecieron con un nivel alto, son: Nuevo León, Colima, Sonora, Morelos, Estado de México, Tabasco, Yucatán, Guanajuato, Jalisco, Puebla y Zacatecas. Con un nivel medio se encuentran 8 entidades: Baja California, Chiapas, Veracruz, Aguascalientes, San Luis Potosí, Hidalgo, Quintana Roo y Tamaulipas.

Con un nivel bajo están 4 entidades: Coahuila, Campeche, Durango y Sinaloa. Finalmente con un nivel muy bajo están 9 entidades: Guerrero, Tlaxcala, Nayarit, Michoacán, Querétaro, Chihuahua, Distrito Federal, Baja California Sur y Oaxaca. Con la información disponible y considerando que la mejora regulatoria es uno de los principales criterios usados por las empresas para decidir su localización, Nuevo León en el norte del país y frontera con los EE.UU. es el mejor lugar para hacer negocios, mientras que Oaxaca en el sur es el peor lugar. Tomando únicamente en cuenta este factor, esto puede explicar las diferencias que prevalecen en materia de desarrollo entre ambas entidades.

Llama la atención que entidades como Coahuila y Chihuahua se encuentren con niveles bajo y mínimo de mejora regulatoria, lo que en nada contribuye a la recuperación de esas entidades que por ahora viven asoladas por el crimen organizado. Los resultados son relativos, aunque algunas entidades están mejor posicionadas que otras, en ningún momento se debe tomar su posición en la parte superior como un indicador de éxito en el proceso de mejora regulatoria, exclusivamente ofrece evidencia de que se ha avanzado con relación al marco internacional y nacional establecido que indica la necesidad de una menor y mejor regulación.

Existe aún un subdesarrollo en la materia, que explica en cierta medida el atraso y deterioro que enfrentamos en México. El índice muestra el tamaño del reto que cada entidad tiene que enfrentar. Lo anterior sujeto a la disposición de todos los actores políticos y sociales.

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* Profesor en economía de la UACJ, Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI)

Mas Dr. Isaac Leobardo Sanchez Juarez

La economía del des-conocimiento

TIEMPO ECONÓMICO

Por: Isaac Leobardo Sánchez Juárez

Imagino que ya se habrán dado cuenta que en las últimas semanas los diferentes medios de comunicación nos han bombardeado con basura, por un lado el “Gordillazo”, por otro el “conclave”, por otro la muerte del dictador bananero Hugo Chávez, en fin, puras distracciones, que nos alejan de la discusión de los problemas de fondo, de asuntos que realmente son de interés para los mexicanos.

No ocuparé este espacio para opinar de estos temas, abordados prolijamente por diferentes comentócratas. Prefiero escribir acerca de un tema que aunque quizás menos espectacular es de mayor relevancia: El esfuerzo innovador y la economía del conocimiento en México.

La mayor parte de la información que presento la he tomado de un documento realizado por la Cepal en 2008, denominado: “Espacios iberoamericanos, la economía del conocimiento” y de aquí el título de mi participación que intenta provocarle, ya que como expondré enseguida, es más la ignorancia que el conocimiento lo que caracteriza a nuestro país, de ahí que la mayoría estén tan felices con la des-información que presenta los medios de comunicación convencionales, particularmente la televisión abierta, que trabaja a diario para mantenernos en un estado de total enajenación y embrutecimiento.

Primero quiero señalar, que entre los especialistas en desarrollo existe consenso de que el conocimiento y su transformación en innovaciones es el motor del progreso; en la medida en que se construyen ideas y existe disposición a aplicar los nuevos conocimientos a la mejora de los procesos y los productos la sociedad transita hacia un mejor nivel de vida, siempre y cuando el conocimiento se genere de forma endógena, ya que cuando sólo se importa sus efectos terminan siendo más bien ambiguos. Conocimiento, innovación y progreso tecnológico van de la mano y son posibles en una región si se cuenta con una sólida base de recursos humanos altamente calificados, un grupo crítico capaz de desafiar los paradigmas tecno-productivos e ideológicos imperantes.

Además, se requiere de infraestructura, particularmente universidades y centros de investigación que respondan a las necesidades intelectuales y productivas; de la interrelación entre sector privado y sector público; de recursos financieros dirigidos a iniciativas que en muchas ocasiones no terminan generando beneficios, ya que el proceso de innovación depende mucho del azar y la buena fortuna, tanto como del compromiso, la dedicación y el talento.

Uno de los primeros indicadores del esfuerzo realizado para la consolidación de una economía del conocimiento es el porcentaje que se gasta en investigación y desarrollo, en promedio, en los últimos diez años, hemos invertido entre el 0.5% y el 1% de nuestro PIB, cantidad que resulta insuficiente y que explica las constantes quejas de ingenieros y científicos mexicanos en relación a sus múltiples carencias.

Es importante destacar que hace veinte o treinta años el gasto en este renglón era todavía más insignificante, por abajo del 0.4% del PIB, con lo que se ha mejorado, pero a un ritmo tremendamente lento. Por cierto, en el caso mexicano un 55.29% del gasto en investigación y desarrollo lo hace el gobierno, un 35% el sector privado y el resto universidades, entes privados sin fines de lucro y organismos extranjeros.

Cómo podrá anticipar, el diagnóstico rápido es que estamos algo rezagados, para lo que no se necesitan cifras, ni grandes estudios, simplemente ver nuestra realidad. La tecnología de punta que usamos, en su mayoría, es importada, tenemos pocos productos o procesos creados en México de los cuales sentirnos orgullosos. De hecho, en el año 2010, los residentes mexicanos solicitaron 951 patentes, mientras que en ese mismo año en los EE.UU. fueron solicitadas 241,977 patentes, en China 293,066, esto ilustra bien nuestro problema. Otro indicador de nuestra pobreza en materia de generación de conocimiento es el número de artículos de investigación científica publicados, resulta que en 2009, México aportó 4,128 artículos, mientras que los EE.UU. 208,601, Alemania 45,003 y China 74,019. ¿A qué se debe esto? La respuesta es sencilla, tenemos un sistema educativo francamente deteriorado, bastante mediocre o algo más abajo que eso. No puede existir progreso tecnológico sin recursos humanos calificados, éstos son la base de cualquier política de innovación –lo que nos recuerda la necesidad de cambios estructurales en el sistema educativo y no una “reforma” en la que los diferentes actores lejos de resolver el problema parece que forman parte de una gran representación teatral con tintes tragicómicos. De acuerdo con la literatura científica, es preciso formar una base adecuada de profesionistas, después invertir en ellos para que se conviertan en científicos, ingenieros y humanistas, ya que a medida que se incrementa su número y cantidad lo hace el ingreso per cápita nacional. En todos los campos es necesario crear una masa crítica de investigadores, actualmente México tiene menos de un investigador por cada mil habitantes, mientras que en los EE.UU. cuentan con más de nueve por cada mil, incluso en Argentina disponen de dos por cada mil. Este es otro renglón que es urgente atender si queremos dejar atrás la ignorancia y la dependencia. Como en muchos otros ámbitos, nuestro país tiene desventaja, pero quiero dejar en claro que soy optimista y reconozco que hemos avanzado, lo que irrita es el ritmo de los cambios, la parsimonia. Se requiere acelerar el paso, lo que sin duda es posible según hemos visto en la experiencia de otros países. Específicamente China, en 1992 sus exportaciones de productos de alta tecnología eran 6% del total, mientras que en el 2010 eran del 28%. De hecho ha logrado crecer desde 1982 a un ritmo promedio anual de 9%  -sin que esto signifique que haya alcanzado el desarrollo económico. En la agenda para terminar con el reino de la economía del des-conocimiento (ignorancia-dependencia), se requiere trabajar en la formación de recursos humanos de excelencia; invertir más en investigación y desarrollo; generar capacidades en nuevos paradigmas tecnológicos como las tecnologías de la información y de las comunicaciones, la biotecnología y la nanotecnología; fortalecer la capacidad institucional en materia de diseño, implementación y evaluación de las políticas; así como generar espacios de cooperación con otros países, particularmente desarrollados, en los ámbitos científico, tecnológico y de innovación. Si lo deseas, suscríbete a mi página www.tiempoeconomico.com.mx

* Profesor en economía de la UACJ, Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI)

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